Cumplir años en medio de la pandemia

Hace unos días cumplí 57 años.
No sé si para mí ha sido el cumpleaños más importante de mi vida, pero si no ha sido el más (quizá los 18, e incluso los 50 es posible que le ganen) sin duda ha sido uno de los más importantes.
Dadas las circunstancias que nos rodean (maldita pandemia) que han hecho que modifiquemos todos nuestros hábitos y nuestro día a día, que nos replanteemos tantas cosas, que nos desesperemos, pensemos, reflexionemos, observemos, nos paremos forzosamente, nos aflijamos, nos emocionemos, temblemos, valoremos, añoremos con toda el alma... cumplir años ha sido como un logro y casi un alivio, un estar agradecida por haber llegado, un celebrar la vida.

Lo que más me hubiera gustado? poder celebrarlo con mi gente más querida, a la que no puedo ver desde hace más de dos meses debido al confinamiento y a las restricciones, y celebrarlo con muchos, muchos abrazos... pero no ha podido ser.
Y no me voy a quejar: en medio de tanto dolor como nos rodea me parece una nimiedad el estar distanciados, y mantengo la esperanza en recuperar todos esos abrazos en un tiempo no muy lejano. Y que estemos vivos para poder hacerlo.

A mediados de marzo vino el gran shock, se paró todo.
En mi lugar de trabajo, un restaurante donde me encargo de la cocina, saltó la noticia de un contagiado, un cliente habitual y amigo. Neumonia, UCI, muy malas noticias. A los pocos días era mi jefe el que caía enfermo (había estado comiendo con el primer caso cuando aún era asintomático). Compartieron mesa y charla, y yo les llevé algunas tapas y me senté un ratito con ellos. Al mismo tiempo que mi jefe enfermaba gravemente y era ingresado yo empecé a encontrarme mal: dolores en todo el cuerpo y cabeza, como si una apisonadora me hubiera pasado por encima, muchísimo cansancio, diarrea, y algo de fiebre.
Claro que llamé repetidas veces al 112 y a cualquier número que me pudiera ayudar, estaba cagada de miedo, pero como no me llegaba la fiebre a 38º me dijeron que me aislara en una habitación aparte sola, sin mi pareja, sin contactos de ningún tipo, y que si me subía la fiebre volviera a llamarles. No me hicieron ningún test ni nada, claro, no había.
Pasé diez eternos días en ese estado, casi sin poder moverme del sofá donde dormía, sólo para ir al baño a hacer mis necesidades, y de vuelta al sofá a continuar en ese estado de medio ensoñación irreal. En esos 10 días en los que me dolía tanto todo el cuerpo y no tenía fuerza para nada, pasé muchísimo miedo, porque soy asmática desde pequeña y ya pasé una bronconeumonía a los 7 años recién cumplidos y estuve muy grave... temía que la cosa empeorara, no me fiaba de mis pulmones, y cada décima de fiebre que me subía era un mal augurio.
Por suerte nunca me subió la fiebre hasta 38º, pasé esos 10 días con el cuerpo dolorido y la cabeza nublada, sin apetito, con problemas gastrointestinales y un terrible agotamiento, y con un par de grados más de temperatura en mi cuerpo que me hacían cubrirme de sudor y temblar de escalofríos... pero a los 10 días pasó, lo que quiera que fuere, porque me temo que nunca sabré si fué el puñetero coronavirus o cualquier otro virus, vete a saber... pero pasó. La fiebre y el dolor desaparecieron y unos días después empecé poco a poco a recuperar fuerzas.

El fondo de esos 10 días no es el virus o no virus en sí, es todo lo que me pasaba por la cabeza y el corazón, y sufrí mucho con la idea de que quizá estaba contagiada y podía morir, llegaban noticias del hospital, nuestro amigo mejoraba de la neumonía, pero mi jefe, y también amigo, empeoraba. Pensé mucho en la muerte, en mi familia, en mi amor, en mi perrilla, mis amigos... No soy una persona religiosa, pero sí espiritual, y me abrazaba a las enseñanzas del maestro Thai, Thich Nhat Hanh, y también a la filosfía del Tao, e intentaba encontrar la paz y vencer el miedo. Y sí, sentí mucho miedo y tristeza, y no tengo reparo en decirlo. Aún no estoy preparada para morir.

Mi amigo se recuperó y a día de hoy sigue bien, pero mi jefe sigue ingresado todavía. Y uno de mis tíos, muy querido, falleció con la COVID a finales de marzo. Enfermedad, muerte, tristeza y dolor, cerca de mí y por todas partes.

Por eso este cumpleaños ha sido tan especial, por eso ha sido tan importante haber llagado a cumplir estos 57 años, y por eso estoy tan agradecida.
Me gusta vivir, me gusta estar viva, me gusta respirar (respirar... qué maravilla! -lo escribe una asmática-). Me gusta simplemente estar aquí! Y eso hay que celebrarlo. Siempre. Cada día! 

Ojalá pueda cumplir otros 57! Es mucho pedir?
Quizá sea pedir demasiado...

Cumplir los 50, en 2013, me hizo reflexionar mucho. Sentí que estaba en la mitad de la vida, en la cresta de la ola, en la mitad del camino, en un mediodía con el sol en todo lo alto... y que a partir de ese momento ya iría todo hacia abajo, como el sol después del mediodía, como el sol al atardecer.
Físicamente me encontraba estupenda, sin achaques, llena de proyectos, ilusiones y fuerzas. Pensaba en los 50 años de mujeres del pasado, de mis abuelas, incluso en los de mi madre, o de algunas amigas y otras mujeres coetáneas o algo mayores que yo... y no, aunque algunas otras mujeres pensaran (o les hicieran creer) que a los 50 ya eres "mayor" y debes conformarte y comportarte de determinada manera "acorde" a esa edad y según unos cánones obsoletos preestablecidos, yo no era una cincuentona (horrible palabra por lo que lleva de despectivo) marchita, era una cincuentañera en la plenitud de la vida, con mucho que hacer y que decir. No me sentía una mujer "mayor" ni me veía como tal (ahora tampoco), pero me hice muy consciente de que, como los yogures, nacemos con fecha de caducidad.
No es que anteriormente no lo supiera o no hubiera pensado en ello, simplemente me hice mucho más consciente.
Y me vi así en el mediodía de mi vida, agradecida de haber llegado a esa edad, y pensé que con suerte y cuidándome probablemente podría tener otros 50 años por delante (y por qué no alguno más?).

Si ya había vivido la mañana de mi vida y estaba el sol en todo lo alto, me quedaba por delante el atardecer, que podía ser largo y precioso.
Ser consciente de ello me hace vivir ese atardecer con mayor plenitud, más atenta, saboreando mejor cada instante, dejando que el paso del tiempo me atraviese y fluyendo en un baile con él, cuidándome más para intentar que sea un larrrrrgo atardecer de verano, y no uno corto invernal (aunque siempre puede haber un eclipse repentino que haga que el sol se apague y que la noche se precipite, nunca se sabe).

El atardecer puede estar lleno de preciosos colores, aromas y melodías... si más adelante la luz tiene que apagarse sí o sí, disfrutemos el momento!

Y la noche también puede ser bella... por qué no va a serlo? Pero ese es otro tema mucho más difícil de tratar. La oscuridad nos da miedo...

"Con vistas al atardecer" no tiene pretensiones.
Me gusta escribir, y realmente escribo por y para mí. Es una manera de reflexionar, de materializar sentimientos, pensamientos, emociones, dudas... o una forma de plasmar cosas, información o hechos que no quiero que se me pierdan. Si de paso le puede servir a alguien más, bienvenida sea la escritura. Así, en vez de un diario, he empezado este blog.

Sin duda alguna, todo lo que nos ronda a las mujeres a partir de los 50 da para mucho que escribir.


ADVERTENCIA:
Este blog tiene un carácter lúdico y divulgativo, en ningún caso sustituye el consejo ni consulta de un especialista, en ninguna de las materias.
Si tienes problemas de salud, de cualquier tipo, consulta con el profesional de la salud que corresponda.


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